
Winona Riders en Groove: ¿una cofradía que se niega a estar bajo el foco?
Con un set a dos baterías al que se sumó Alan Mansur, de Utah, Winona Riders puso en escena un trabajo que marca el inicio real de una nueva etapa. Pero entre el lanzamiento, el ruido y la ceremonia compartida con su público, quedó flotando otra pregunta: ¿qué pasa cuando una banda tiene todo para ser enorme, pero todavía parece sentirse más cómoda en el under?
Hay noches que empiezan mucho antes de que la banda se suba al escenario, y esta fue definitivamente una de esas. La fila en la puerta de Groove ya anticipaba algo distinto. Pibes con camperas de cuero, parejas que llegaban directo del laburo, señores de camisa que quizás no sabían bien qué esperar y terminaban cantando las canciones de memoria. El público de Winona Riders ya no responde a una edad ni a una estética determinada como lo hacía hasta hace unos pocos meses. Se expandió. Se mezcló. Y en esa diversidad hay algo que habla de la banda tanto como cualquiera de sus canciones.
Cuando Winona apareció en escena, su sonido (siempre característico) se encargó de despejar cualquier duda. Las canciones se estiran, se abren, encuentran otros recorridos. La incorporación de una segunda batería profundiza esa sensación de movimiento constante, como si cada tema pudiera desviarse de su propio cauce. El público entra en ese trance de horas de zapping que propone Winona Riders: una sucesión de estímulos que no necesita detenerse para encontrar sentido.

El repertorio acompañó esa expansión. Desde “Servo”, de The Brian Jonestown Massacre, hasta las versiones extendidas de “Winona bootlegs”, “Adiós (A Dios)” e “Ingrid Grudke”, el set pareció encontrar en la duración una forma de resistencia. Las canciones de 0% convivieron con las que ya construyeron el universo de Winona, sin establecer una frontera demasiado clara entre lo nuevo y lo conocido. Con Alan Mansur de Utah en escena, “La letra chica” sumó frases de “Funhouse”, de The Stooges, mientras que “Nuevos hechos emergen!” Apareció en su versión de banda completa. El cierre con “0%” no fue tanto un punto final como una nueva forma de dejar la puerta abierta.
Ahí y con todo eso, hay una contradicción que atraviesa el show. Winona tiene canciones con gancho, una identidad reconocible y un público que crece abismalmente. Tiene, también, esa capacidad de llenar una sala sin mucha publicidad previa y sin necesidad de convertirse en una banda de consumo inmediato. Sin embargo, en vivo aparece una especie de autosabotaje elegante. No como una falta de ambición, sino como una forma de habitar la escena. Cada vez que parecen estar por despegar, encuentran una manera de volver a echar raíces sobre las tablas que hacen vibrar, como manifestación tajante de querer quedarse ahí. Lo que en otro contexto podría leerse como una limitación, en Winona parece una elección estética, existencial y sonora.

Arriba del escenario, los integrantes se mueven con la complicidad de una cofradía. Hay códigos que no necesitan explicarse, miradas que alcanzan para responderse, gestos que parecen tener sentido únicamente entre ellos y una memoria corporal colectiva casi simbiótica. No es que no toquen para el público, tocan entre sí para sí. Se cuidan, se provocan, se escuchan. El público queda admirando esa intimidad, casi simplemente como un voyeur.
En el centro de esa escena está Gabriel Torres Carabajal. La pandereta, en sus manos, lejos está de ser un instrumento secundario. Hay algo hipnótico en ese vaivén calculado, en la cadencia con la que agita y provoca. La imagen recuerda a un torero que mueve el pañuelo rojo frente al animal: Gabriel convoca al público, lo desafía, lo hace avanzar una y otra vez. Pero la escena tiene una inversión. No parece querer dominar a ese toro, sino dejarse devorar por él. Se entrega a la multitud sin red, como si el riesgo de ser comido vivo fuera parte del espectáculo.

“¿Y quién va a ser el torero? / ¿Y quién va a ser el toro? / ¿Y quién va a abrir el recinto?”
Hacia la mitad del show, la densidad se vuelve casi física. El ruido y el silencio se alternan, la sala responde a un mismo pulso. Algunos cierran los ojos; otros no dejan de moverse; otros se quedan mirando de brazos cruzados, inmóviles. No hay una única manera de estar ahí. Quizás esa sea la mejor síntesis de Winona Riders en este momento: una banda que construyó un lenguaje propio y un público que encuentra, dentro de ese lenguaje, su propia forma de pertenecer.
Winona Riders en Groove fueron la manifestación de la intensidad y contradicciones conviviendo en un escenario. Una banda que podría estar en todos lados, pero que prefiere estar cerca; un público que ya no tiene edad ni molde, pero que se reconoce en el mismo rito. Quizás la pregunta no sea si Winona quiere ser más grande, sino qué tendría que dejar atrás para serlo.
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