
Bestia Bebé presentó “Yendo rápido a ningún lugar” en el C Art Media
Festejo total de la banda para avisar que el tiempo es lo peor, pero se festeja igual, con la idea de mirar lo hecho y pensar en seguir.
Acá estamos de nuevo, en una nueva presentación de disco de Bestia Bebé. Tantos barrios y provincias recorridos hacen mella en un disco que representa un pico en la carrera de la banda. Rebeldes, futboleros, barriales, melómanos y nacionales; si alguien todavía no escuchó a Bestia, no digo que no esté a tiempo, pero se está perdiendo valiosos momentos de disfrute, esos que se alojan en la parte memoriosa del cerebro y que, con un vaso de birra y humo de cigarrillos, nos traen fresco el recuerdo de un recital memorable.
No vamos a profundizar en años, datos o especificaciones que no vienen al caso. Bestia creó, o se apropió, con su último disco, del “acá y ahora”. Un grupo simple con canciones simples, en una narrativa que continúa Gracias por Nada; no se complican ni en las canciones. El show, además de esperado, traía una pregunta en cuanto al sonido, con los agregados oficiales, algo difícil de recrear en vivo. Pero Bestia nunca te deja a gamba: desde las distorsiones, teclados, acústicas y un octapad, se llega de forma ideal al disco.
Bestia presentó uno de sus mejores recitales, con una hora y cuarenta y cinco minutos de tema tras tema. Vale remarcar que hubo muy pocas pausas, alguna solamente para saludar o agradecer. Palo a palo, el disco fue cayendo sobre nosotros, mechado con las canciones populares de los boedenses. “Luchador de Boedo” fue de arranque y la elección tribunera para empezar bien arriba.

Sin un orden establecido, se fueron mezclando y mechando las nuevas, preparadas y listas desde hace un tiempo, y nosotros completamente ansiosos por escucharlas en vivo. “Planes perfectos” fue la primera elegida, lo que marca uno de los ejes del disco. Como arranque, fue un momento soberbio de la banda; a pesar de que vienen con un nivel alto, lo del disco en vivo es un gran salto.
La premisa de la noche fue simple: una buena tanda de hits sumados al disco. En este marco, el agite asegurado iba a terminar de dar forma y color a Yendo rápido a ningún lugar. “Planes perfectos” es quizás el tema más importante, donde el mensaje del disco se ejecuta: llegar, pero disfrutar. Un poco la noche se trató de eso, de festejar el recorrido de la banda.
Otro tema que cobró vida fue “Chaleco antibalas”, un tema bien de cancha, discutiendo entre el deber y el poder, con esa estrofa que solo tenía sentido que existiera saliendo de Bestia Bebé: “Si querés tirar, tirame / no le tengo miedo a nada / si querés tirar, tirame / tengo chaleco antibalas”. Provocador y efusivo, ideal para saltar y mezclarse entre desconocidos que gritan al unísono como si nos encontráramos en una tribuna de tablones.

Entre los éxitos de la banda, “Sabes” tuvo un lugar especial: agitado de menor a mayor, generó el pogo más fuerte hasta el momento y tuvo la peculiaridad de mostrar un trapo nuevo, racinguista, con la lengua stone de Racing, que se llevó un elogio y agradecimiento de Tom, obviamente.
Las presentaciones de discos no suelen ser tan cantadas; son más expectantes y atendidas, como si se tratara de una escucha del álbum. Bueno, acá eso no sucedió. La espera agigantó la manija y el público casi que ya tenía sus temas preferidos, sus significados y comentarios bien desarrollados sobre ellos.
“Guerra de los huesos” fue el primero en experimentar el multinstrumentalismo en vivo: batería pegada al octapad, guitarras eléctricas y acústicas a la par, teclados y una pandereta sobre el final. Con énfasis y una sutil delicadeza, el tema se desenvuelve en coordinación y acatamos la decisión arriesgada de incluir tanto al mismo tiempo. Difícilmente dejemos de elogiar a nuestros chicos boedenses: con alegría y seriedad por igual, llevan el camino de la banda hacia donde ellos quieren y se sienten cómodos contándonos, desde sus ojos, sus vivencias.
En vivo, el disco sonó más pesado. Los riffs metaleros y la distorsión que viene acompañando hasta ahora fueron claves para que la ejecución del disco en el show se viera aparejada con los temas de siempre. Este variado de canciones hizo más complejo al disco, dando nuevas caras a temas que, a priori, no teníamos intención de agitar.

“Algo que siempre te quise decir” es el ejemplo perfecto de esa dualidad: calmo al principio, pero con un giro que golpea a la velocidad que nos gusta. Las dos puntas de Bestia cruzan en un mismo tema; la distorsión aparece entre los punteos y los acordes armoniosos para romper la canción y llevarla al extremo pesado, generando ese ambiente que pudimos ver en Vamos a destruir.
De lo melódico a lo metalero, pero también con espacios para un rock psicodélico rozando el Mad. “El atrevido” fue quizás uno de los puntos más altos de la noche porteña. Ese ambiente generado, bailable y agitador, fue respondido con delirio total, desde la identificación del primer acorde hasta el final, con ovaciones simultáneas para todos. La olla gigante se interrumpía por bailarines descolocados que chocaban con quienes solo querían el vértigo de pegarse contra desconocidos: un momento delirante y extasiante de la noche.
Poco a poco fuimos tachando la lista y el conteo de temas empezaba a escasear. Con casi dos horas de recital y veintipico de canciones al hilo, la gente pedía más. “El descontrol” y “Wagen del pueblo” son dos de los temas que nunca faltan y, justamente, los que más ruido generan. Rompiendo el C Art Media, Bestia Bebé se despidió subiendo la vara, apostando por su impronta, su sonido y su gente fiel, que no abandona.
Yendo rápido a ningún lugar mira el tramo hecho y sigue hacia adelante. No se queja, se repiensa, pero va. El hecho de vivir el acá y ahora es el ejemplo más claro del show a show que atraviesa siempre el ex cuarteto boedense, devenido en un grupo de amigos cada vez más grande que quiere seguir por esta línea.
