los domingos

“Los domingos”: la religión después del postmodernismo

Ainara está terminando el colegio y ante un mundo que se abre abismalmente frente a ella, decide que quiere entrar al monasterio. Un coming of age español que retrata los conflictos y tensiones alrededor de la decisión de elegir una vida a los 17 años.


Los domingos inicia con una pantalla en negro y la Bizarrap Session de Quevedo. A continuación, vemos un grupo de adolescentes sentadas en ronda a mitad de la noche, iluminadas por el flash de sus celulares y envueltas en mantas. Hablan en susurros para que nadie más escuche sus secretos ni las descubran, mientras se pasan shots de algún alcohol barato y fuerte. No es hasta que amanece que podemos ver dónde estaban: una convivencia en un convento a las afueras de la ciudad. En esos primeros minutos está el cruce de dos mundos, dos formas completamente distintas de vivir que no tendrían punto de encuentro evidente y sin embargo, ahí en el medio está Ainara y durante los siguientes 117 minutos deberá decidir cuál de esas dos vidas elige. 

Original de Movistar Plus, Los domingos destaca junto a Los años nuevos en el catálogo de la plataforma por la frescura en que relatan lo tan cotidiano que suele pasar desapercibido. En un excelente trabajo de producción, la serie construye un relato cercano y representativo sobre las dudas, giros y contradicciones de decidir qué hacer después del secundario. Alauda Ruiz de Azúa, su directora, orienta esa decisión hacia dentro, hacia lo primero que conocemos, porque incluso las decisiones más personales se apoyan en los vínculos que nos sostienen, condicionan y moldean. Ainara se aferra a la medallita que le dejó su madre antes de morir, a la promesa de que la virgen nunca la dejaría sola y sobre eso construye en la fe un sentido para su vida.

Cuando Ainara plantea su decisión de entrar al monasterio, algo se quiebra en la familia. Como si ese encuentro con un amor divino inconcebible para la lógica y el razonamiento de los demás fuese interpretado como una traición. Pero el desconcierto que provoca Ainara no hace más que destapar tensiones que ya estaban ahí: discusiones que nunca se tuvieron sobre la crianza, resentimientos o incluso una futura herencia. Su decisión es la excusa para que salga a la superficie todo aquello que la familia venía evitando.

En Los domingos, las reuniones familiares parecen sostenerse únicamente por la costumbre. Del mismo modo que la misa dominical, responden más a una idea del deber ser que a un deseo genuino de estar juntos. Son rituales repetidos mecánicamente, vínculos mantenidos por inercia, prácticas tan instauradas que nadie se detiene siquiera a cuestionarlas. Y cuando muere la abuela —la figura que, silenciosamente, mantenía unido todo— la estructura termina de derrumbarse. Como suele pasar en las familias sostenidas por una sola persona, una vez que ella ya no está, queda en evidencia que no había demasiado más construyéndose debajo. Ni siquiera la capacidad más básica de entenderse entre ellos.

Hay que ser muy valiente y también desapegado a lo terrenal para dejarlo todo por vivir la fe a ese extremo, pero también con la plenitud total de renunciar a todo lo demás. A una curiosidad por el mundo y por otros. Eso es lo que tanto incomoda a su tía, no solo que Ainara entre al monasterio, sino que elija apartarse justo cuando el mundo pareciera abrirse con una infinidad de posibilidades por delante. Pero a Ainara todas esas posibilidades la abruman. Rechaza lo hegemónico, para encontrarse en otro tipo de estructuras. Anticuadas, pero que dan sostén, estructuran una vida sin horizontes, le da una rutina y un propósito. Lo que pareciera alejarla del mundo, en realidad, la resguarda.

Lo que incomoda no es tanto la decisión, sino lo que pone en evidencia: una incapacidad por sostener el espacio de la duda, de soportar lo que la ciencia aún no puede explicar. La duda perdió valor en un mundo que se ensaña con las certezas, como si  incluso aquellas encubiertamente falsas sean preferibles antes que aceptar la incertidumbre. En ese espacio de la duda es donde nace la fe. No llega exactamente a dar respuestas, sino a alivianar lo inseguro de la existencia.

Hay algo imprescindible de la fe y es que no se puede fingir. Uno lo tiene o no lo tiene. Es simple. Quizá lo que nunca terminamos de entender con Ainara, es si ella lo siente o no. Se mantiene cerrada por la misma razón por la que la fe no se puede transmitir. En la escena de la iglesia, cuando Ainara finalmente toma su decisión, no somos parte de la conversación entre ella y Dios. Permanecemos afuera como quien no puede escuchar a Dios, porque no lo ha elegido. No sabemos si es real o una vía de escape a una vida que no es la misma desde la muerte de su mamá pero el punto es que eso nunca se puede saber, y es allí donde la película juega su valor.

Los desacuerdos y tensiones familiares son asuntos que se pueden presenciar y entender y compensan el misterio de la decisión de la protagonista, que es precisamente lo que escapa a la razón. Por eso al final, comprendemos ese abrazo entre ella y su padre. Un padre que durante toda la película está pero no la conoce, no se preocupa por entenderla, parece indiferente y al final, no sabemos si por necesidad, la acepta y respeta su decisión. En ese acto de dejarla ir, hace por Ainara todo lo que nunca ha hecho. Quizás dándose cuenta que ya la perdería aunque nunca haya sido suya.

Ese es el mayor acierto de Los domingos: sostener constantemente un equilibrio entre miradas distintas. Porque en el fondo, la película habla de la dificultad de empatizar con formas de amor, fe y de entrega que quizás nunca conoceremos ni sentiremos. Justamente por eso funciona tanto para creyentes como para agnósticos o ateos. No busca imponer una respuesta sino abrir un espacio donde esas miradas puedan convivir.

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