
Feli Colina se enfrenta a sí misma en “La otra mejilla”
La artista salteña se sumerge en su costado más oscuro y contradictorio con un álbum intenso y profundamente psicológico que transforma el enojo, la culpa y el perdón en su propio universo sonoro.
Feli Colina nunca fue una artista fácil de encasillar. Después de explorar un sonido más cercano al folklore en El Valle Encantado y Lxs Infernales, la salteña se corre totalmente de su zona de confort con La otra mejilla; un disco que cambia la naturaleza y los paisajes de su anterior etapa por el cemento, el ruido y la oscuridad de la ciudad.
Grabado y producido junto a NanQue, el álbum nació de un proceso que comenzó en 2022 y atravesó años de frustraciones profesionales, conflictos personales y cuestionamientos internos. En una entrevista con Rolling Stone, Colina explicó que durante mucho tiempo sintió que mostraba muy poco de lo que realmente pensaba y que vivía de alguna manera “autoreprimida”. Esa necesidad de abandonar la careta y darle espacio a sus emociones más oscuras es el motor de todo el trabajo.
El disco abre con golpes sobre una puerta y una voz que llama a Feli. Del otro lado aparece una versión de Feli que había permanecido encerrada: enojada, arrogante, ridícula, megalómana y todas esas otras cosas que ella siempre temió ser. Sobre percusiones metálicas, bajos pesados, guitarras agresivas y una enorme cantidad de capas vocales, la primera parte funciona casi como una discusión entre la artista y su propio reflejo. Es una suerte de juicio final donde Feli finalmente da entidad a todas esas etiquetas en las que nunca se quiso ver.
“Ingrata” es uno de los momentos donde mejor se materializa esa tensión. Feli nos advierte que si la siguen buscando van a conocer a su ejército, mientras los coros y la base escalan en agresión. La referencia a Björk no es casual: en la entrevista con Rolling Stone contó que intentó incluir un sample de “Army of Me” en esa parte, aunque finalmente no funcionó dentro de la canción. La parte vocal por su parte, juega con el anterior trabajo de Feli, con un flow milonguero a lo “Se dice de mí” de Tita Merello.
La influencia de Björk aparece también en la importancia que tienen los graves, las voces y los sonidos industriales durante todo el disco. Sin embargo, La otra mejilla nunca se siente como una imitación por parte de Feli Colina. La salteña toma también elementos netamente argentinos, como el punk argentino de los ochenta y noventa, el tango, la música religiosa y hasta el folklore para construir un universo propio. El álbum en general es mucho más cercano a un monólogo interior que toma de muchísimas influencias para exteriorizarse, dejando de lado completamente cualquier preocupación por encajar en un género determinado.
“Megalómana”, uno de los singles del álbum, parte de una base milonguera y termina explotando con cuerdas y violines más de la música clásica. La canción transforma uno de los insultos que más parecían afectarla, en una reafirmación personal. No busca negar esa supuesta megalomanía, sino hacerla propia y entender qué hay un costado megalómano dentro suyo.
En “Amituofo” aparece otra de las grandes temáticas del disco: la relación contradictoria de Feli con el éxito. “Es tan patético mi hambre de gloria”, canta mientras desarma y analiza esa necesidad de reconocimiento que convive con el deseo de hacer música sin responder a fórmulas comerciales. “Algún día”, por su parte, convierte las frustraciones con la industria en un ataque mucho más directo. Hay enojo, pero también bastante humor y una conciencia permanente de que cada acusación hacia afuera puede terminar funcionando como una acusación hacia ella misma.
Ese juego con el espejo es la base conceptual de La otra mejilla. En otra entrevista, Feli explicó que al principio del disco se acusa a sí misma y acusa al otro, pero que después algo se rompe, aparece el llanto (“ETERLUDIO”) y las canciones comienzan a hablar sobre el perdón. “Soy yo buscándome y encontrándome”, resumió sobre ese diálogo interno que atraviesa todo el álbum.
A partir de ese quiebre, el disco se vuelve más melódico y más cercano al pop. También aparecen colaboraciones con colegas del indie que vivieron en carne propia experiencias similares a las de Feli. “Flor” con Clara Cava, “Vas a encontrar” y “Don” con Chechi de Marcos forman una especie de tramo final en el que el amor propio aparece no como una solución mágica, sino como un espacio desde el cual Feli puede reconstruirse. “Don”, en particular, es uno de los momentos más sensibles del trabajo. Después de tanta percusión, ruido y confrontación, la canción encuentra fuerza justamente en la calma.
La producción acompaña increíblemente bien esa metamorfosis. La primera mitad se siente claustrofóbica, pesada y por momentos casi teatral; en la segunda, las melodías ganan espacio, los arreglos se vuelven más luminosos y aparece esa sensibilidad medio a lo beatle que Feli reconoce como una constante dentro de todos sus discos. La diversidad sonora no se siente forzada, cada cambio responde al recorrido psicológico que propone el álbum.
Toda esta historia se traslada también al álbum visual dirigido por Valeria Bertuccelli. La película presenta a Feli intentando entrar en una casa abandonada y tapiada, donde se encuentra escondida esa versión de sí misma que había encerrado por considerarla fea, mala o egocéntrica. El concepto funciona como una extensión natural del disco: no se trata de matar a esa otra Feli, sino de entrar, conocerla y entender qué hacer con ella.
La otra mejilla es probablemente el trabajo más vulnerable, psicológico y frontal de Feli Colina. Un disco que parte desde la bronca y termina encontrando cierta paz, sin pretender que el conflicto quede resuelto para siempre. La artista entiende que esa calma también es parte de un nuevo ciclo, de una próxima crisis y de otra transformación.
En lugar de repetir el camino que tan buenos resultados le dio con El Valle Encantado, Feli vuelve a desarmar su identidad y construye una nueva desde cero. Más expuesta, menos reprimida y más dispuesta a convivir con sus contradicciones. El resultado es un álbum ambicioso, incómodo y lleno de detalles que invitan a la reescucha. Una pieza que confirma que su mayor fortaleza no está en destacarse dentro de un género, sino en animarse a transformar su música con cada nueva versión de sí misma.
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