
Camionero en Tracción a Sangre: una manifestación ferviente de la ética del trabajo comunitario
Una nueva edición del Tracción a Sangre colmó el C Art Media con Camionero, Barbi Recanati, Terrores Nocturnos y muchos más artistas.
El pasado 23 de marzo el C Art Media fue la sede para la nueva edición del Tracción a Sangre, un encuentro organizado por Camionero que dejó claro que es, fue y será mucho más que un ’festival’. Desde temprano, el espacio se activó con distintas propuestas —feria de emprendedores, intervenciones artísticas, charlas y más— que convivieron con un lineup conformado por Barbi Recanati, Buenos Vampiros, Terrores Nocturnos, Flor Sakeo y Salas Velatorias. Más allá de eso, la gran protagonista de la noche fue la comunidad organizada que rodea a Camionero.
Hay algo en Camionero que desarma cualquier intento de crónica clásica. Porque si uno intenta contar lo que pasó en Tracción a Sangre como si fuera “un festival más”, se pierde lo esencial de la cosa: esto no es como ir a una fecha más, es adentrarse en ese ecosistema que la banda viene construyendo hace mucho tiempo a fuerza de ganas, compañerismo y autogestión. Para entender lo que pasó, primero hay que entender esto: Camionero parece un dúo, pero nunca lo fue del todo. Formalmente son dos: Joan Manuel Pardo y Santiago Luis, pero hace tiempo que el proyecto se volvió una comunidad donde los límites entre banda, público y equipo se diluyen.

Lo que creció alrededor no es un grupo de simples oyentes, es un grupo de pertenencia. Ese crecimiento, si bien se fue dando orgánicamente, no fue casual. Fue acumulativo, físico presencial, a pulmón: tocar en todos lados, armar sus propios circuitos, sostener la independencia como una ética en vez de como una estrategia. El ciclo Tracción a Sangre, que empezó en espacios chicos y se volvió el corazón del proyecto, es justamente eso: un manifiesto sobre cómo hacer sin pedir permiso. Ayer eso se veía en cada rincón.
Ahí había una peluquería, mesas donde podías hacer tu propio pañuelo del Nunca Más y postales que no eran más que un cartón hasta que vos mismo las creabas. Estaba El Acoplado —una feria autogestionada por oyentes y artistas que producen, venden y se quedan con la ganancia de lo que generan— y la Rueda de Auxilio, la agrupación solidaria de fans de Camionero que colectan alimentos, ropa y juguetes para darle una mano a aquellos que lo necesitan. Todo ese universo funcionado ahí, al mismo tiempo, como engranajes que, traccionando con fuerza y precisión, hacen que el camión avance firme, constante. Ahí, la pregunta deja de ser qué es el festival y pasa a ser qué tipo de mundo propone.
En una fecha atravesada por la memoria, la verdad y la justicia, todo esto adquiere otro peso. Esta edición del Tracción a Sangre se vivió como una vigilia. Ahí, una forma de organizar el espacio que es política en sí misma: participación, trabajo colectivo, memoria activa. Cuando Barbi Recanati sube al escenario y habla de su reformulación de la teoría de los dos demonios —el Estado genocida y una sociedad que eligió no ver, no decir— está poniendo en palabras algo que ya estaba en el aire. La tensión no viene de su discurso en sí, sino como una manifestación del contexto político y social que atraviesa nuestro país y que se manifiesta recital a recital.

Desde sus inicios —grabando en salas prestadas, armando giras con lo que tenían, produciendo sus propios discos— hasta hoy, donde llenan lugares con la misma independencia, hay una línea clara: hacer con lo que hay, con quienes están. Incluso su crecimiento responde a esa lógica. No hubo hit viral o un algoritmo que los haya favorecido. Hubo un boca a boca, mano a mano y la repetición e insistencia de quienes creen en esto. Detrás, un público que primero fue espectador y después decidió “subirse al camión” y empujar. Ahí, bajo esa premisa, anoche la música pasó a segundo plano: nadie parecía estar hablando estrictamente de música. Como si se tratara de una postal de esta época, la música en sí funcionaba como soundtrack de lo que estaba pasando ahí pero también de lo que está pasando en nuestro país.
Tracción a Sangre no es un festival de rock, es una forma de hacer contracultura. Una donde el artista no está arriba de todo sino en la base. Donde el público no sólo escucha sino que también produce. Donde el crecimiento no se evalúa bajo el parámetro de escalar rápido, sino de generar algo tenaz, que logre sostenerse en el tiempo. En un país donde la historia insiste en preguntarnos de qué lado estamos, Camionero gestó un espacio donde esa pregunta no se responde con palabras sino con acciones concretas: hacer un pañuelo, donar comida, tocar, gritar, quedarse. Y empujar, siempre empujar.
