
Juana Aguirre en Teatro Coliseo: la canción hecha raíz y sintetizador
En una noche atravesada por la intimidad y la experimentación, la artista llevó su obra a un escenario más amplio, transformando lo personal en una experiencia colectiva.
El frío volvió a la Ciudad de Buenos Aires, un día perfecto para perderse en un teatro para escuchar música con más personas. Un lugar donde lo íntimo se mezcle con lo colectivo. Anónimo de Juana Aguirre va de eso. Sobre cómo suena lo personal y transmitirlo hacia otras personas, convirtiéndolo en un trabajo más amplio.
Juana Aguirre es de las cosas más interesantes que suceden en este país, si no es lo más. Convierte sensibilidades en canciones poderosas. Todo lo recubre con un avant-folk y art pop que te vuela en la escucha. Va de la transformación de la guitarra hacia la computadora, ponderando su voz. Su último disco, Anónimo, es como una casa donde va pasando un día y todo entre el tormento hasta la ternura. Es un mundo subjetivo, atado a cada uno de nosotros.
El Teatro Coliseo parece ser un lugar magnánimo para esta presentación de su gira “Los Pilares”. Hacía un año que no se presentaba sola con su material propio en Buenos Aires, desde la presentación de Anónimo hace un año en Deseo. Un lugar que al principio se vio vacío e imponente a la vez. Los silencios se notan, y hoy mucho más.

Abrió la noche Luciano Lamtzev, en plataformas se puede encontrar como Lumtz, quien fue a la presentación desde Bariloche. Dentro de esa dispersa pero pujante escena ambientada en Argentina, él es uno de los actores principales. Tesoros, su LP de este año, te lleva a momentos, como si todo transcurre en una cabaña lejos de la sociedad. Su set te teletransporta a ese lugar. Esa naturaleza que muchas veces queda absorbida viviendo en ciudades. Más tarde, Juana Aguirre dijo que esta fecha se sentía como tomar mates con amigos. Eso es cierto. Aunque uno podría estar lejos del escenario, uno percibe esa familiaridad. La computadora de Luciano no se sentía tan fría y daba sensaciones a través de pulsos. Minimalista y a la vez elegante.
La música de Juana Aguirre está llena de capas, texturas, campos y samples. Una discografía de dos álbumes para enterrarte en un día frío como hoy con Claroscuro y Anónimo. Mucha gente con camperas y abrigos dentro de un teatro que con el tiempo se abastece, dando una convergencia de públicos, personas mayores con sus tapados hasta jóvenes que se visten cool.
Ya de por sí, el ambiente era algo apabullante y emocionante al verlo casi lleno. Se apagaron las luces y se empezó a aplaudir. Una luz pequeña se halla en el medio del escenario. Era amarilla, tenue, pero no tanto, se comenzaba a ver a ella, Juana Aguirre, quien sola comenzó con su estación de sintes a cantar “Configuraciones Onduladas”, mientras de a poco entraban la banda que la acompaña, Lucía Meira, Dan Hakim e Ignacio Cruz.

La voz y la música que salen del escenario de alguna forma se personifican. Las luces te atraviesan (un poco también por su intensidad), estás dentro de la realidad ficticia por momentos. Temas como “Las mañanas” o “Violeta” con la acústica, que se va deformando a través de la electricidad de la guitarra de Cruz y los sintetizadores de Lucia Meira, lugares que es lo más cercano a la magia.
Después de un par de temas más, lo único que quedaba era entregarse al momento y avanzar todos juntos hasta el final. Juana tomó la palabra por primera vez, agradeciendo por esto, por la fecha, a la música, con las pocas palabras que le salieron en el momento por la emoción y felicidad.
“Automático” te vuelve a recordar que esto no es solo canción y tradición, sino que además hay una intersección con lo digital, con lo rítmico, mientras por detrás se escuchan glitches y después seguir con más canciones de Anónimo. Los glitches entran como una interferencia deliberada, un recordatorio de que detrás de la calidez hay también un circuito.
En “Tormenta”, se sube la torre de luces para que una pantalla roja deje imperceptible las formas, un rojo profundo donde nos sumergimos. Combinaban el inicio tan personal con las luces que apuntaban a cada uno en contraste con lo gigante que se hizo el escenario. . Esa pantalla quedo para siguientes canciones como “Las ramas” o “Fuego”.

“A lo mejor no es la palabra lo que nombra esto que siento”
Las sensaciones entraban en tus huesos. “Las espinas” se clavaban palabra tras palabra de la canción. “La noche” cerraba por momento dejando un parón largo que te dejaba con ganas de algo más. Faltaba “Lo_divino”, una canción emocionalmente fuerte.
Un público entregado a la realidad que nos mostraba la artista con la banda, donde quedabas inmovilizado por la belleza de lo que escuchabas. Por momentos levitaban a través de los sintes y la voz de Juana. Es una artista que hay que ver si o si, más en estos espacios expande esa sensibilidad íntima. No se queda solo ahí, por suerte. No se queda en un minimalismo, trata de que todo tenga expresión y sentimiento maximalista. Desde una guitarra hasta los sintes que la acompañan.
Las experiencias personales del artista se vuelven propias en cada uno de los oyentes. Se sintió así al ver a Juana Aguirre en el Teatro Coliseo. Una experiencia, de las mejores a día de hoy. Pero además los presentes se llevaron algo más que solo luces o grandes músicos o sintes. Se llevaron una parte de ella en cada canción, una porción de raíz, una parte eléctrica ecléctica y otra parte de canción.
