
“Hamnet”, ¿Cuánto puede contener una palabra?
Hamnet, inspirada en la novela homónima de Maggie O’Farrell, reconstruye el duelo de William Shakespeare y Anne Hathaway tras la muerte de su hijo.
Hamnet busca reconstruir un tiempo del que no hay mucho más que datos dispersos: en 1596, uno de los hijos de William Shakespeare y Anne Hathaway muere a sus once años. Cuatro años más tarde, su padre da origen a la tragedia de Hamlet. Hay una clara conexión entre ambos hechos y el desarrollo de la obra, sin embargo no hay ningún dato que confirme que Shakespeare basó su obra en el destino de su hijo.
En ambas obras está presente la figura del recuerdo como una manera de prolongar el amor después de la muerte. En un época donde los relicarios o “memento mori” fueron muy populares: objetos, memorias sentimentales que recuerdan que la vida humana es fugaz, seccionan un momento y lo congelan, atestiguando la disolución del tiempo. Hamnet llega a recordarnos justo eso, posibilidad inminente de la muerte. En una interpretación de Maggie O’Farrell y Chloé Zhao, la película nos habla del duelo para reflexionar sobre la existencia, su estado más salvaje y natural, ¿cómo se puede seguir existiendo tras la pérdida de un hijo o se pasa el resto de la vida como un fantasma esperando a unirse a él?
A la historia la inaugura un bosque, entre la tierra húmeda y el musgo vemos a Agnes en un vestido bordó que resalta frente al verde profundo que la rodea. Agnes busca en el bosque respuestas, como si el mundo le resultara encriptado y entre las raíces de los árboles hubiera un indicio de su presagio. Como si el bosque pudiera escucharla, todo el tiempo parece advertirle —y a nosotros como espectadores— que algo está mal. Un peligro acechante o solo un recordatorio de que la muerte no está tan lejos como creemos.
Esta primera escena nos anticipa que la historia no va a ser contada ni por William ni por Hamnet, en cambio, vemos a través de los ojos de ella una historia nunca antes contada. Jessie Buckley se compromete con un papel que le dio cinco premios y la consagró en los últimos Oscars como la mejor actriz del año. En la primera parte de la película y con el bosque como escenario, Agnes y William se enamoran, allí da a luz a su primera hija y el bosque se constituye como ese espacio liminal donde la magia puede suceder, donde la razón se diluye y rigen otras cosas. Pero rápidamente este paradigma cambia: al casarse y acercarse a una vida en sociedad, Agnes debe abandonar ese entorno conocido y mágico, y es ahí donde algo se quiebra. Sus próximos hijos no nacerán en el bosque y eso marca la conciencia de Agnes para siempre, tomándolo como la señal de un error.
La segunda parte de la película se reanuda, años después, con los mellizos Judith y Hamnet, ahora dos niños de alrededor de diez años, que juegan a intercambiarse sus nombres y sus vidas. La teatralidad es central en esta parte de la película. William se muda a Londres a trabajar en una compañía teatral y desde allí va y viene, mientras en el campo su familia crece sostenida por Agnes y sus pequeños rituales.
Durante el siglo XVI, Inglaterra sufrió un gran brote de peste bubónica, una infección bacteriana caracterizada por la fiebre y una muerte rápida. Judith enferma durante uno de los períodos de ausencia de William. Esa noche, Hamnet al ver a su hermana agonizar y a su madre convencida de la maldición que le había impuesto a su hermana, se recuesta a su lado y pronuncia como un salmo: “No tengas miedo, te doy mi vida”. Con el propósito de engañar a la muerte, Hamnet toma el lugar de su hermana y cubre sus cabezas. Haciendo uso del recurso más viejo del teatro, el doble, Hamnet se ofrece como sustituto para quitarle a su hermana la maldición. Tiene la lógica de una tragedia perfecta: una vida a cambio de otra. Mientras espera el momento, recuerda a su padre y le jura: “Seré valiente”. No pareciera que la muerte fuera engañada; más bien Hamnet se enfrenta a ella en igualdad. Como si al aceptar morir, hubiera ingresado al mundo de la ficción, Hamnet entiende el lenguaje de su padre mejor que nadie. Para salvar a Judith, él tiene que convertirse en un personaje y actuar hasta su muerte.
La película trata a la muerte desde la mirada de Agnes como materia, y desde William, de una forma más conceptual. Para Agnes, no hay palabra que contenga. La muerte está ahí y puede tocarla, es lo que empieza a vaciar la casa y mostrar los huecos que dejó la ausencia primero de William y ahora, de Hamnet. William, en cambio, busca consuelo en el lenguaje. No puede entender a la muerte como momento determinante, entonces se pregunta por la condición de estar muerto, el dejar de ser conscientes, “¿A dónde va todo eso?, ¿Qué hay después?”, se pregunta el Hamlet adulto y ficticio en el teatro, a lo que se responde: “el silencio”. Solo queda el silencio. Ya lo dijo Barthes, el silencio es una manera de despedirse, y en ese distanciamiento, después de cruzar lo inenarrable, se acerca a la pérdida de un hijo y aprende una forma de narrar el duelo: escribe Hamlet.
Cuando Agnes se entera del estreno de la obra, viaja a verla. Enojada por ver el nombre de su hijo utilizado en algo más, porque la palabra pueda seguir vigente, cuando lo que representaba ya no existe. Ahí recae la magia del teatro, del arte como motor para plasmar, no solo el duelo y el dolor, sino todo aquello que por sí solo no puede ser dicho, que necesita un escenario o una excusa y tomar otra historia para hablar de uno. Es en el arte donde ambos encuentran un consuelo: William cambia el destino de las cosas, tomando el lugar de su hijo. Agnes, tiene la oportunidad de resignificar una muerte.
La escena final tiene una elección particular, la acompaña la melodía de “On the nature of daylight” de Max Richter. Esta pieza compuesta en 2004 fue usada en muchas películas pero lejos de sonar repetitiva o gastada, se siente cómoda, genuina. Una melodía que, sobre el final, parece expresar el camino de la vida misma. Que sea familiar, en algún punto también reconforta. En entrevista con Cinema Blend, la directora reflexiona sobre esta elección y dice que llegado el momento no había un final en sí, ese “gran momento catártico”, está canción fue entonces la que los inspiró a entregarse a la vida, y en ese proceso, darse cuenta que la única manera de ser lo suficientemente valientes para entregarnos es si la ilusión de separarnos se disuelve y creemos que verdaderamente somos uno. De ahí surgió la idea de las manos sobre el final y durante los últimos cuatro días de rodaje, todo fue filmado con esa canción de fondo en repetición. “On the nature of daylight” estaba inserta en el ADN de esa escena.
Cuando ve al actor que lleva su nombre, tiene una epifanía. Recuerda el día que tomó a su hijo de la mano y lo vio actuando junto a su padre, venciendo. Ese es su hijo. El que hace cuatro años busca en todas partes. Al momento de la muerte de Hamnet, Agnes extiende su mano hacia el actor que encarna a su hijo y los espectadores extienden también sus manos, acompañandola en un gesto transforma la muerte en un acto colectivo y en ese momento, Agnes recupera a su hijo, ahora como un símbolo.
Hamnet es una película narrativa sobre la posibilidad del lenguaje para nombrar y convertir el dolor en memoria, porque lo que se recuerda vive.
