Lost Weekend y la vuelta de Phoebe Bridgers
Después de seis años sin un disco solista, la cantante regresa con un álbum atravesado por el duelo, el amor y la nostalgia, pero también por una búsqueda sonora que lleva su indie melancólico hacia nuevos territorios.
Cuando una artista muy querida vuelve después de varios años su público se emociona y espera ansiosamente volver a escuchar esas melodías y sentir esas letras. Phoebe Bridgers estuvo seis años sin sacar un disco solista. Tras consagrarse como la princesa del indie con el melancólico Strangers in the Alps (2017) y el existencial Punisher (2020), la cantante vuelve con Lost Weekend, un álbum de 16 tracks que se destaca por tener un diseño sonoro experimental, en el que juega con vocoders, prueba con diferentes capas de sonido y destaca su voz tan característica, siempre suave pero sólida.
Las letras de esta nueva entrega son leales al estilo Bridgers: muy personales y específicas, pero de alguna forma el oyente logra sentirse identificado con esa sensación constante de tristeza que vive en la mayoría de sus canciones. Esta vez, las estrofas están atravesadas por el duelo debido a una pérdida mayor, también por la emoción genuina que representa el amor, y por supuesto, la nostalgia y los recuerdos siguen presentes.
La producción de la pieza está a cargo de la misma Phoebe, junto con Tony Berg, productor y colaborador histórico de la artista, Ethan Gruska, productor y colaborador desde Strangers in the Alps, y se suma Jack Antonoff, conocido por ser productor de Lana del Rey, Taylor Swift y Sabrina Carpenter.
The outside, el tema que abre el álbum, introduce a quién escucha en una obra envolvente, Phoebe está lista para llevar a los oyentes a un viaje fantasmal por sus emociones. Al inicio, la interpretación suena con un vocoder que transmite lejanía, luego la voz se va quedando desnuda para relatar: But I was on the outside, watching. Esa sensación de estar mirando algo desde afuera atraviesa todo el disco.
El segundo track, Lost boys, es el single del álbum y también la canción más popera del disco. En el video la cantante es una princesa medieval motorizada con caballeros a su mando.
Arranca con voces distorsionadas y luego la canción crece con un sonido más bailable. El estribillo reza: Lost boys / Never grow up, never go home / Lost boys / Never spend their lunch money, yeah / Lost boys / Never grow up, never get old / Lost boys, find me.
La protagonista siente nostalgia y retrata a los chicos inmaduros que han pasado por su vida, aceptando la ingenuidad sin enojo, simplemente les hace una canción.
Con una duración casi de 5 minutos, Kill me enciende el disco con un tono de voz triste y la guitarra como protagonista. Los sintetizadores también juegan un rol importante hasta cerrar en un in crescendo que se corta de golpe.
The Governor’s Waltz es un vals dulce y delicado que transmite un halo de misterio y melancolía que solo Phoebe puede hacer. La letra presenta un amor peligroso, un pedido de ayuda. Los sonidos fantasmales se hacen protagonistas. Es quizás el tema más visual del álbum porque, a partir de la melodía, podemos imaginar un salón de baile encantado y dos personas que se miran con fascinación. La letra dice: So let’s see how long we can go without touching / Why don’t you sing me to sleep? / I know you’d never actually think about jumping / But do it for me
La canción de amor del álbum se llama simplemente Bobby. Más rockero que las anteriores, el tema dice: bobby / this could be the end of wanting / i exist only if you’re watching
Llega entonces el tema que le da nombre al disco. Lost Weekend se siente como una carta apoyada sobre un instrumental. Cuando la letra termina, la música cambia de ritmo de forma repentina y vuelve a demostrar el cuidado que hay detrás del diseño sonoro. Podría funcionar como el soundtrack de una película: avanza, se transforma y termina convertida en un torbellino.
Panorama baja las revoluciones. Tiene un sonido acuático con un diseño sonoro especialmente cuidado. La letra es muy breve y la voz vuelve a aparecer atravesada por vocoders. Otra vez, parece un poema donde la principal presencia la tiene la melodía. La voz se suma a la capa sonora como un instrumento más y se va fundiendo progresivamente.
Never Going Back es la canción más corta, con poco más de un minuto y medio. Otra vez aparece la voz intervenida, distorsionada, como si llegara desde lejos. Pero lo más especial del tema aparece al final: un audio del padre fallecido de Phoebe. Su voz irrumpe de manera inesperada y cotidiana, como un mensaje de voz guardado en el tiempo. Durante unos segundos, el disco deja de ser solamente una obra musical y se convierte en una ventana a la intimidad de la cantante. Phoebe comparte así una pequeña parte de su corazón: Hey Phoebe its your dad / i know your busy / being a rockstar takes up a lot of time, i am guessing / hahaha your’were everywhere dude / anyway, give me a call if you’re get a chance / love you.
Lost parade una canción instrumental de menos de un minuto, parece un pequeño pasaje. Escucharla produce la sensación de estar mirando fotografías viejas: no necesita palabras para transmitir nostalgia.
Finalmente llega Lost Weekend (Reprise), el cierre del álbum y uno de sus momentos más íntimos. La canción está directamente dedicada a su padre y retoma algunos de los temas que recorrieron todo el disco: el duelo, los recuerdos y el amor que permanece incluso después de una pérdida. “Now I can’t see any stars in the sky / When a dream comes true, a fantasy dies”, canta Phoebe, para terminar con una promesa: “But we’re gonna be alright, me and you”.
Después de seis años, Phoebe Bridgers vuelve a ocupar el centro de la escena solista con una obra que conserva su sensibilidad, pero se anima a explorar nuevos sonidos. Lost Weekend marca su regreso sin dejar atrás aquello que la convirtió en una de las voces más singulares del indie: canciones íntimas, melancólicas y capaces de transformar sus propias experiencias en emociones compartidas.
